← Narrative Sparring

¿Quemarías tu propia casa?

Brasil, Thiel, SpaceX y la diferencia entre ser dueño y depender.

Fran Herrera, founder of CRUDA
Fran HerreraFounder, CRUDA
7 min de lectura
Captura de un mail de Peter Thiel del 5 de enero de 2020, con el asunto "RE: Millennials", sobre un fondo gris claro.

Lula ganó su cuarto mandato. Salió segundo en la primera vuelta y la dio vuelta por unos cuatro millones de votos. Me enteré el lunes. Me dio rabia. No lo voy a disfrazar.

Esto empezó como una bronca con Brasil y terminó siendo una pregunta para cualquiera que tenga gente a cargo: ¿quién de los tuyos tiene algo que perder?

Vivo en Rusia. Mi mejor amigo es venezolano. Sé lo que pasa cuando un país vota la promesa una y otra vez. Y la reacción que vi en todos lados fue la misma que tuve yo: el insulto. Que les gusta la mierda. Que no aprenden más.

Pero la rabia no explica nada. Así que me puse a buscar una explicación, y la encontré donde no la esperaba.

El domingo 5 de enero de 2020, a las 2:44 de la mañana, Peter Thiel le escribió un mail a Mark Zuckerberg y a la cúpula de Facebook. Con copia a Sheryl Sandberg y a Marc Andreessen.

Thiel fundó PayPal. Fundó Palantir. Fue el primer inversor externo de Facebook. Nadie lo puede acusar de zurdo.

El asunto del mail era una sola palabra: Millennials. Por qué los jóvenes se estaban volviendo socialistas. Lo esperable era que se burlara. No lo hizo.

Dice que él sería el último en defender el socialismo. Pero que cuando el 70% de los millennials se dice pro-socialista, hay que hacer algo mejor que descartarlos como “stupid or entitled or brainwashed”. Que hay que entender por qué. Y la explicación que da es simple: deuda universitaria y casas imposibles de pagar. Gente que no puede empezar a acumular nada.

Y cierra con esto:

“If one has no stake in the capitalist system, then one may well turn against it.”

El que no tiene nada en juego en el sistema, se pone en contra.

Lo leí dos veces. Lo que yo estaba haciendo era justo lo que Thiel decía que no sirve.

Alex Karp, su socio en Palantir, fue más lejos. Le dijo al New York Times que no habría fenómeno Trump sin los excesos de Silicon Valley.

Thiel y Karp. Ninguno de los dos es de izquierda. Los dos ven lo mismo: el que se queda afuera se da vuelta, para un lado o para el otro. Le da igual. Va con el que le prometa algo.

Esto no es nuevo.

Ese mismo lunes entrevisté a Mark Rukman para el podcast. Mark trabajó en brand strategy en Meta, en Nueva York, y es un obsesivo de la historia. Me dijo algo que no me saco de la cabeza: todo ya pasó. Lo explica con una frase de E. O. Wilson, el biólogo de Harvard: tenemos emociones del paleolítico, instituciones medievales y tecnología de dioses.

La tecnología cambia. Las emociones no. El que mira la fiesta desde afuera siente hoy lo mismo que sentía en Atenas.

Por eso se repite. Lo único que cambia es quién le ofrece algo al que está afuera. Y qué le ofrece.

Acá me separo de Thiel.

La izquierda ve lo mismo que él: gente sin nada en juego. El diagnóstico lo acierta.

La receta, no.

Te promete que vas a tener algo en juego, y te da dependencia.

Tener algo en juego es tener algo que podés perder. Una casa. Un oficio. Un negocio. Un pedazo de algo que ayudaste a construir.

Un subsidio no es eso. No lo construiste. No lo podés hacer crecer. Te lo saca una firma. No sos dueño de nada. Dependés del que firma.

Hace tres años que vivo en Rusia. Acá la Unión Soviética no es un capítulo de un libro. Es la infancia de la gente con la que hablo todos los días.

Empezó con la revolución de 1917. En 1918 se abolió la propiedad privada de la vivienda en las ciudades. En 1922 nació la URSS. Duró casi setenta años.

Lo que me cuentan siempre arranca igual: todo era gratis. La casa, la salud, la escuela. No pagabas alquiler. La luz y el gas casi no costaban nada.

Y es verdad. Pero escuchá el resto.

La casa no era tuya. Tenías un permiso para vivir ahí, la propiska. No la podías vender ni elegir. Para conseguir una, te anotabas en una lista, y en Moscú o en Leningrado la espera podía pasar los diez años. Mientras tanto, la kommunalka: varias familias compartiendo una cocina y un baño.

Con la comida, lo mismo. Desde los sesenta la escasez se volvió costumbre, y en los ochenta era el problema central del país. Filas para lo que apareciera. Una bolsa de red en el bolsillo, por si había suerte. Cupones para racionar. Góndolas vacías.

Todo era gratis. Y nada era tuyo.

En diciembre de 1991, la Unión Soviética dejó de existir. Y enseguida pasó algo que afuera casi nadie cuenta: una ley les permitió a los rusos quedarse con el departamento donde vivían. Gratis, una sola vez. Casi la mitad de las viviendas del país pasaron a tener dueño.

Después de setenta años, millones de personas tuvieron por primera vez algo que podían perder.

¿Venezuela? ¿Cuba? ¿Hace falta explicarlo?

Una cubana en Dubái me lo resumió en una frase: “No tenemos ni agua”.

Eso me da rabia. Te prometen una casa y te dan una fila.

La respuesta existe, y no vino de un político.

Después de la Segunda Guerra, William Levitt construyó los primeros barrios en serie de Estados Unidos. Dijo: “No man who owns his own house and lot can be a Communist. He has too much to do.” Ningún hombre que tenga su casa y su terreno puede ser comunista. Tiene demasiado que hacer.

Setenta y cinco años después, Elon Musk lo llevó más lejos.

SpaceX es su empresa de cohetes. La que lleva astronautas de la NASA a la Estación Espacial Internacional y la que pone en órbita los satélites de Starlink, el internet que llega a cualquier rincón del planeta. Una de las empresas más valiosas del mundo.

Durante años, SpaceX pagó con acciones en todos los niveles. A los ingenieros, sí, y también a los cocineros, a los soldadores y a la gente de la cafetería. Menos sueldo, más propiedad. Cuando salió a la bolsa en junio, se estimó que más de cuatro mil empleados iban a quedar millonarios.

El soldador de SpaceX no vota para que prendan fuego el sistema. Es dueño de una parte.

Eso es colaboración: repartir propiedad, no dependencia. Esa es la respuesta. La izquierda no lo es.

Ahora vos.

Tu empresa es un sistema. Chico, pero sistema.

Si tu gente solo tiene un sueldo, no tiene nada en juego. Cumple, pero no cuida. El día que algo se complica, no defiende nada, porque nada es suyo.

No hace falta ser SpaceX. Podés hacer dueño a alguien de un resultado, de una decisión, de un pedazo de la historia que cuenta tu empresa. La gente defiende la historia en la que tiene un papel. La que mira desde afuera, la critica.

Si tu empresa se cae mañana, ¿quién de tu equipo pierde algo?

¿Y quién no?

Yo no fui a la universidad. Hoy, para mí, sirve para hacer contactos y poco más. Lo que me dio algo en juego no fue un título. Fue el criterio: pensar con mi cabeza y comparar lo que dicen los libros con lo que pasa en la calle.

Trabajé con gente muy idealista. Mucha teoría, mucho libro, poca comparación con lo real. No los veía laburar un fin de semana. Durante años pensé que el problema era que no querían.

Hoy creo que muchos nunca tuvieron nada que perder. Y que el único que les ofreció algo fue el que les prometió todo sin hacerlos dueños de nada.

La rabia sigue. Pero ahora sé contra quién.

¿Quemarías tu propia casa?

No. Nadie quema lo que es suyo.

Por eso la izquierda no te da una casa.

Te da un fósforo.

Fran

Cuando quieras, tres formas de seguir:

Respondé este email y contame en qué estás trabajando. Leo todas las respuestas.

Reservá una Narrative Sparring Session. Dos conversaciones y un diagnóstico escrito.

Trabajemos juntos. Mirá cómo trabajamos →

Narrative Sparring es una carta semanal sobre cómo la gente que construye cosas puede aprender a contar su historia. Suscribite en thecruda.com.

¿Tenés una historia que contar? Hablemos.