Emigrar te devuelve el lápiz
Para los que se quieren ir, los que lo están pensando, los que ya se fueron y los que se quedan con ganas de algo más.

“Es lo que te tocó.”
La escuché toda la vida. En la mesa del domingo, en la parada del colectivo, en la boca de gente que quiero mucho. Es una frase que se dice con cariño y que funciona como una sentencia: te escribe la vida antes de que la vivas.
Te tocó este barrio, esta familia, este laburo, esta pareja, este país. Como te tocó, no se discute. Se aguanta. Durante años, alguien más tuvo tu lápiz, y vos ni te enteraste.
A vos que mirás vuelos a la madrugada, con el brillo del celular en la cara, y cerrás la pestaña antes de que alguien te pregunte qué estás haciendo. A vos que ya tenés la valija y todavía no la fecha. A vos que ya te fuiste, y cuando te llaman de tu país y te preguntan “¿cómo andás?”, contestás “todo bien”, porque la respuesta larga te llevaría horas. Y a vos, que no te vas a ir a ningún lado, pero te diste cuenta de que tu semana es la misma semana repetida cincuenta y dos veces, y que hace rato no elegís nada: lo cumplís.
Los cuatro están en el mismo lugar, aunque no lo parezca. Los cuatro ya se dieron cuenta, y eso no es poco.
Porque en tu ciudad, en tu barrio, en la vida que “te tocó vivir”, siempre podés escaparte. Podés echarle la culpa a tus viejos, porque piden que vivas bajo sus expectativas. A tus amigos, porque te obligan a ser la versión de siempre, esa que ya te quedó chica. Al laburo aburrido y monótono con el que te conformaste porque “hay que pagar las cuentas”. A tu pareja del colegio o del barrio, porque te repetís que “es mejor que estar solo”.
Mientras haya a quién culpar, no hay nada que cambiar. Casi siempre, lo que culpamos afuera es lo que no nos animamos a mirar adentro.
Entonces, ¿cuánto de lo que llamás “mi forma de ser” es, en realidad, miedo con buena prensa?
Tu actitud, tus hábitos, tu personalidad, tu estado de humor, tus creencias limitantes, tu “así soy yo”, tu “es que así me criaron”, tu “es lo que espera mi viejo”, no son nada más que la historia que elegís contarte sobre quién sos y por qué hacés lo que hacés.
Cada cosa con la que llegamos al mundo fue elegida por otros. Tu nombre, tu apellido, tu domicilio, tu religión, hasta el equipo del que sos hincha: es una decisión que ya tomaron por vos. Y está bien, nadie elige cómo empieza su historia.
Lo que sí se elige es la próxima línea. Y esa la escribís vos.
Lo lindo de emigrar es eso. Cuando llegás a un lugar nuevo, nadie te conoce, nadie sabe quién sos, de dónde venís, de qué familia, a qué colegio fuiste, dónde trabajaste. Nadie espera que seas una determinada versión de vos, porque no existe tal cosa.
Lo lindo de emigrar es que te pone un espejo de frente y te obliga a tener esa charla incómoda con vos mismo que estabas evitando hace años, y de la que no tenés escapatoria. Se terminaron las excusas: no están tus viejos, no están tus amigos de siempre, no está el barrio. Estás vos, y lo que ves en el espejo es tuyo.
Cuando estás afuera, paradójicamente, podés estar más adentro que nunca. Y digo podés, porque mirar adentro siempre es opcional, intencional y con conciencia. Hay gente que cruza el océano y sigue escribiendo exactamente la misma historia, con otro paisaje de fondo. Para mirar adentro necesitás los huevos (u ovarios) suficientes para mirar a tu sombra a los ojos y dejarle claro que ella no sos vos.
El espejo no te muestra solo a vos. También te muestra quién estaba. Los pingos se ven en la cancha: algunas personas “incondicionales” dejan de aparecer el día que dejás de estar cerca. Duele un rato, y después entendés que eso también es parte de la hoja en blanco. Quién sigue en tu historia, ahora lo elegís vos.
Por eso emigrar se siente, de alguna manera, como volver a nacer.
Ahora, si sos de los que se quedan: el lápiz no viene con el pasaje.
Siempre fue tuyo. Cuando emigrás entrás en modo supervivencia, y si hay algo que no podés hacer es quedarte quieto esperando que las cosas pasen solas. La pregunta es por qué necesitamos estar en peligro para movernos.
Como dijo alguna vez Anthony Bourdain: movete, viajá lo más que puedas, lo más lejos que puedas, cruzá el océano, la montaña o incluso el río. Ponete en los zapatos de otro, comé la comida de otro. A veces el río es una cuadra. A veces es una conversación que venís postergando.
¿Cuál sería la primera línea que escribirías si nadie estuviera mirando?
Yo lo aprendí con 23 años, en Ezeiza, el 28 de septiembre de 2022. Me despedí de mis amigos y de mi vieja, a la que hace cuatro años que no le doy un abrazo. Sin saberlo ni dimensionarlo, también fue la última vez que vi a mi viejo y a mi abuela con vida.
Siendo totalmente honestos, emigrar fue brutal. Emigrar con 23 años, solo, sin ninguna red ni manual, fue aún más brutal. Aun así, lo volvería a hacer.
Lo lindo de emigrar es que, al final, estás más afuera que nunca y más adentro que nunca. Es la forma más brutal y más radical de volver a agarrar el lápiz.
A mí me sirvió esa. A vos capaz te sirve otra: una renuncia, un “no” que venías postergando, una conversación en la cocina de siempre. Cada uno tiene su manera.
Pero la hoja en blanco es la misma para todos, y la próxima línea es tuya.

